Ana Castaño García. Psicóloga. Personal investigador en formación en el departamento de Psicología social de la Universidad de Málaga
Trabajo presentado originalmente en el IV Encuentro Nacional de Profesionales, Familiares y Ex Miembros de Sectas, celebrado en Valencia los días 2 y 3 de marzo de 2018
El abuso psicológico o maltrato emocional surge de un intento por debilitar, dominar y destruir moralmente a uno o varios individuos. Aunque suele darse entre distintos roles y en diversos contextos, ocurre con mayor prevalencia en la escuela, el entorno laboral, los grupos manipulativos (sectas) y las relaciones de pareja. Centrando la atención en los dos últimos ámbitos y según conclusiones empíricas, existen importantes paralelismos entre ambos en cuanto a las estrategias abusivas empleadas, la figura de la víctima y la parte que ejerce el abuso. La normalización de actos violentos aparentemente anodinos y la desinformación general que existe en torno a este problema dificulta su visibilidad y el consecuente afrontamiento. Así, en vista de la creciente oleada de afectados por esta violencia y teniendo en cuenta su poder destructor, se hace necesaria la puesta en marcha de programas preventivos que permitan a las personas identificar y enfrentar situaciones de abuso psicológico.
Las ciencias sociales, especialmente la psicología, han tratado a lo largo de los años de explicar la tendencia del ser humano de recurrir a la violencia como medio de interacción y consecución de objetivos vitales (Domènech e Iñiguez, 2002). Este fenómeno, lejos de producir un mero daño en la persona que lo sufre, implica un perjuicio en su entorno social y limita su adecuado desarrollo, entendiéndose así, como un problema de salud pública.
Pese al acuerdo científico que existe en cuanto a las distintas formas de agresión, física, sexual y psicológica (Slep y Herman, 2001) parece ser que la sociedad actual no acaba de integrar en su idea de maltrato este último componente. Una falta de respeto, alguna que otra amenaza y/o la desconsideración de los sentimientos ajenos, por ejemplo, suponen actos tan integrados en el día a día que tienden a normalizarse y a entenderse como una forma válida y aceptable de interacción social. No obstante, datos científicos ponen de manifiesto la importancia de entender estos comportamientos en términos de maltrato, en vista, sobre todo, de la magnitud de los daños que ocasiona, similares o mayores que los derivados de agresiones física (Cooker, 2002).
El tema que se presenta invita a centrar la atención en dos de los contextos de mayor prevalencia del abuso psicológico: la pareja y las sectas coercitivas. No obstante, conviene recordar la infinidad de situaciones cotidianas a las que es sensible su aparición (v.g. la escuela, el entorno laboral, en el contexto familiar) y donde siempre se mantiene un esquema de dominio- sumisión (Ortega, 1998). El hostigamiento psicológico, perpetuo y sistemático son algunas de las principales características de este tipo de agresiones, las cuales, suelen iniciarse con actos leves y sutiles por lo que su evaluación resulta dificultosa (Hirigoyen, 2001).
Por ello, con el propósito además de facilitar la evaluación de este tipo de agresiones, algunos autores proponen una clasificación de las más frecuentes dentro de la pareja y las sectas coercitivas, estableciendo a su vez una comparativa entre estos contextos y el entorno laboral (Rodríguez-Carballeira et al., 2005). Siguiendo dicha categorización y en base a elementos contextuales, emocionales, cognitivos y conductuales, se exponen los principales paralelismos entre el abuso en la pareja y las sectas coercitivas, en la línea de evidencias empíricas que señalan similitudes importantes entre ambos contextos.
1. “¿POR QUÉ SIGUE AHÍ?”
La primera semejanza que se encuentra al hablar de abuso psicológico en tales contextos hace referencia a la perplejidad con la que el individuo social trata de entender la postura de la víctima que, por algún motivo, se niega o se muestra incapaz de abandonar la relación abusiva. A veces, los familiares y amigos de las personas afectadas, así como la sociedad en general, tiene dificultades a la hora de comprender por qué éstas no reaccionan a la violencia a la que se encuentran sometidas, a pesar de los daños que ocasiona en sus vidas a distintos niveles.
Para dar respuesta a esta cuestión, es importante tener en cuenta que el abuso emocional supone un desgaste psicológico gradual que sitúa a la víctima en una posición de indefensión frente a dicho abuso. Esto es, aunque la persona se queje de determinados aspectos de la relación que mantiene con el grupo o la pareja, no se plantea la posibilidad de que se trate de un vínculo violento, por lo que, aunque reconozca en algún momento su malestar, no se atreve a pronunciarse en ese sentido (Hirigoyen, 1999). Se habla entonces del desarrollo de una tolerancia cada vez mayor hacia los actos inmorales y abusivos que se producen por parte de la persona a la que se admira o se ama.
En este sentido, el afectado puede llegar a considerar que el origen de su sufrimiento se encuentra en su propia personalidad “complicada” o en posibles deficiencias que, en la mayoría de los casos, han sido creadas o reforzadas por la propia parte abusiva como medio para consolidar la dependencia de la víctima hacia su persona. De este modo, existe una incesante duda respecto a la realidad de la relación que mantiene a la víctima en un estado de constante y dolorosa incertidumbre.
Destacar la existencia de factores circunstanciales que influyen en el proceso de captación y manipulación y que resultan esenciales para el entendimiento de la dinámica abusiva y, por ende, de la cuestión anterior. Algunos de ellos son, por ejemplo, el tiempo de exposición al abuso, los distintos tipos de estrategias empleadas y la intensidad de las mismas (Cuevas y Canto, 2006). La clave de esta violencia se sitúa en la repetición de conductas que, aun pareciendo insignificantes de forma aislada, suponen un proceso demoledor en su conglomerado; pues dicho proceso se dirige al debilitamiento y posterior control de la víctima.
2. PROMESAS FALSAS BAJO UNA APARIENCIA PERFECTA
Sentirse querido, pertenecer a una familia o a un grupo, ser considerado útil, importante y especial; encontrar aquello que dote de sentido a la existencia del individuo, sanar cuerpo y alma, superar una pérdida, etc., son algunas de las muchas y variadas aspiraciones personales que las sectas aprovechan para hacer y mantener su negocio. Tratar de dar respuesta a los interrogantes que acompañan el desarrollo de la persona, así como llenar determinados vacíos emocionales, implica a veces una inversión de tiempo y energía que se traduce en agotamiento vital, frustración e incomprensión.
Las sectas ofrecen la falsa posibilidad de cubrir tales necesidades y de liberarse de esos sentimientos negativos, por lo que despiertan interés con relativa facilidad al hacer uso de estrategias de captación perfectamente planificadas y llamativas. Así, a través de la oferta de cursos y seminarios gratuitos sobre temas cada vez más diversos, la persona se sumerge en una espiral de engaño y manipulación que derivará en una vinculación creciente con el grupo y en una posterior dependencia hacia el mismo (Cuevas y Perlado, 2011).
Partiendo de la aparente normalidad e inocencia de estas corporaciones, el afectado no se cuestiona, al menos al principio, la idoneidad y licitud de su “nueva familia”, pues ésta le ha hecho creer que es todo lo que necesita. Lo que la víctima desconoce, además de los mecanismos manipulativos que han facilitado su captación (por ejemplo, la cohesión entre los miembros, interés por parte de los mismos hacia su persona, exaltación de cualidades, estética elitista), es la pérdida de identidad y raciocinio que va a experimentar a partir de esta nueva relación que ha establecido; una relación que implicará el rechazo de cualquier contacto externo.
Cabría comparar este deleite inicial en el ámbito sectario con el apasionamiento de las primeras etapas del enamoramiento, cuando los implicados en la pareja conciben a su compañero/a como seres que rozan la perfección y ofrecen lo soñado. En este mágico punto resultan insólitas las sospechas de engaño y abuso pues, en suma, a la importante carga de las expectativas positivas, prevalecen falsas promesas, garantías de éxito y actividades que, en un principio, sí parecen responder a lo idílicamente propuesto por el gurú o el cónyuge violento.
De este modo, lo que en un principio se concibe como un medio perfecto para conseguir objetivos personales y una vida plena, acaba suponiendo en ambos casos todo lo contrario; la sumisión de la persona, su aislamiento, la pérdida de individualidad y una gran incapacidad para defenderse.
3. AISLAMIENTO Y CONTROL DE LA VIDA PRIVADA
En la línea de lo propuesto por Rodríguez-Carballeira (1992) y en consonancia con estudios más recientes, la ruptura de los vínculos afectivos de la persona y su separación de sus redes de apoyo, constituyen uno de los métodos más efectivos y empleados por las partes abusivas en los contextos de referencia. Este aislamiento lleva a la víctima a separarse progresivamente de sus seres queridos física y emocionalmente con el fin de conseguir la concepción del grupo o la pareja en términos absolutos. Esto es, el entendimiento de la relación como la opción más viable, conveniente y positiva para la víctima, que acaba por distinguir entre dos realidades; una positiva y otra perjudicial o externa (Cuevas y Canto, 2006).
Para alcanzar este propósito, las fuentes del abuso tratarán de controlar la mayor parte del tiempo de la persona a fines de conseguir la ruptura de los vínculos mencionados e impedir la creación de otros nuevos. Así, tanto la secta como el cónyuge abusivo intentará gobernar la economía, el tiempo de ocio, las relaciones sociales y familiares, las llamadas telefónicas, etc., persuadiendo indirectamente para el abandono de cada actividad y ocupación, incluyendo las del ámbito laboral y/o académico (Rodríguez-Carballeira et al., 2005).
Otro de los medios más empleados para desprender a la víctima de su vida pasada, son el control de la información y la ocultación de las pretensiones abusivas. En ambos contextos, se busca dirigir a la persona sometida en una única dirección, por lo que es frecuente la limitación o restricción de las fuentes informativas. El/la abusador/a además puede recurrir al control de los medios de comunicación del adepto (redes sociales, WhatsApp). Algo similar sucede en las relaciones de pareja abusivas donde, con el auge de las redes sociales, sobre todo, se controla y examina el contenido de las conversaciones y los destinatarios, llevando a la supresión de interacciones sociales y a la ruptura de fuentes de apoyo importantes.
En cualquiera de los casos, lo que se persigue es aislar a la persona del mundo real dándole a elegir indirectamente entre dos opciones; la de permanecer en el grupo o la pareja o la de abandonar esta relación, proponiéndose la primera de ellas como maravillosa y la segunda como algo realmente inviable. Una especie de “si te vas, sólo tendrá soledad, miseria y arrepentimiento” que, reproducido incesantemente y en conjunción al resto de elementos, nos haría casi automáticamente olvidar la idea de marcharnos.
4. CONTROL DE LAS EMOCIONES
Dentro de este tipo de técnicas, la instauración del sentimiento de culpa cobra especial relevancia dentro del abuso psicológico grupal e intradual. Responsabilizar a la víctima de acontecimientos negativos ajenos a su capacidad de control y/o exagerar las consecuencias de errores mínimos, genera en la misma una sensación de deuda que la parte abusiva no tardará en aprovechar para sus fines manipulativos. Asimismo, ante situaciones que han supuesto o suponen un perjuicio para la persona sometida, al líder y a la pareja abusiva les resulta más factible evidenciar como responsables al mundo exterior, pues esto conlleva al refuerzo de la imagen nociva impuesta respecto a lo externo y contribuye a la consolidación de fobias y miedos.
Con un temor infundado e irracional hacia lo que implica la no pertenencia al grupo o la pareja, la víctima queda a merced de los deseos y necesidades de su compañero/a o maestro/a y es castigada ante conductas que se desvíen de su cumplimiento. Hay que destacar que no sólo existe una sanción a nivel comportamental, sino que también a nivel cognitivo, por lo que a la víctima no se le va a permitir dudar o cuestionarse su dedicación y compromiso, sobre todo en fases avanzadas de dependencia. Ante esta posibilidad, será la misma parte abusadora la que se encargue de reconducir a la persona en el camino deseado haciendo uso, entre otras, de las estrategias mencionadas.
Así, tanto en el abuso grupal como dentro de las relaciones abusivas de pareja, se recurre al uso interesado de castigos y refuerzos. Esto conlleva al empleo de halagos y alabanzas que van dirigidas a fomentar comportamientos que afiancen aún más la relación de dominio-sumisión que se ha establecido. Fruto de esta espiral, la víctima se siente confusa, dubitativa e incapaz de reaccionar. A veces incluso se intenta que la persona actúe de un modo punible con el fin de poder ejercer un castigo deseado (Hirigoyen, 1999).
Las humillaciones y vejaciones, así como el uso de amenazas, constituyen a su vez tópicos de abuso en estos contextos donde, según las fuentes del abuso, la persona carece del derecho fundamental a cambiar de opinión. Así, ante la falta de compromiso con la comunidad o la relación amorosa, se condena a la víctima al fracaso que supone la exclusión, siendo frecuentes además las intimidaciones físicas o sexuales. Llegados a este punto, el/la afectado/a puede tomar conciencia de la manipulación, pues los actos violentos comienzan a tener repercusiones más evidentes y tangibles, lo que suele traer consigo culpa, vergüenza e ira.
5. IMPOSICIÓN AUTORITARIA Y DEL PROPIO PENSAMIENTO
Las sectas alteran sustancialmente las fuentes de autoridad del adepto, esto es, llegan a conformar el único protocolo conductual e ideológico válido. Se trata de una de las técnicas más usadas por los grupos manipulativos para controlar cognitivamente a las víctimas (Rodríguez-Carballeira, 1992) y está dirigida al cumplimiento de la ley dictada por el maestro. Al dejar atrás su vida pasada y las antiguas figuras autoritarias (a los padres, por ejemplo), el afectado es conducido a la comisión de actos inmorales y/o delictivos que, si bien pueden chocar con su código ético, quedan justificados por la doctrina.
Las órdenes del gurú, como en la pareja, se han de aceptar y cumplir sin rechistar, independientemente de los deseos de la persona sometida, quien suele mostrar una confianza ciega hacia la figura de poder. En consonancia con esto, la degradación del pensamiento crítico resulta esencial para que las partes abusivas logren imponer sus propias ideas y argumentos. Con este fin, se suele incitar a la persona a delegar su capacidad crítica al grupo o a la pareja, haciendo alusión a un supuesto mal funcionamiento psicológico o a una personalidad inmadura, por ejemplo. De este modo, la víctima considera que los ideales de la persona amada son los más apropiados para el avance del grupo y la relación.
En este punto, cobra especial relevancia el factor sentimental. La fundamentación en el amor de actos inapropiados e inmorales mantiene la dinámica destructiva de este abuso pues, como se mencionó anteriormente, la víctima tiene serias dificultades para entender esta relación en términos de maltrato (Barrancos, 2009). Esto, resulta comprensible si tenemos en cuenta que desde la lógica humana “quien me quiere, quiere lo mejor para mí”; algo que no se corresponde en absoluto con la realidad del abuso psicológico. Así, al existir una relación de intimidad con el agresor, a la víctima le resulta muy complicado identificar la violencia y, sobre todo, poner fin a la relación.
Tras recalcar la importancia de los sentimientos dentro de la dinámica abusiva en los contextos de referencia, convendría llevar a cabo labores de prevención enfocadas sobre todo a la identificación de conductas violentas sutiles que conforman este problema. Conductas a las que se resta importancia, que aparecen en edades cada vez más tempranas y que son integradas en nuestro repertorio conductual como un virus latente y silencioso con un gran poder destructor.
6. VÍCTIMA Y PARTE ABUSADORA; EL PODER DE LA INFORMACIÓN
Muchas veces, se tiende a creer erróneamente que las víctimas ocupan ese rol porque poseen características de personalidad y ciertas deficiencias que las predisponen para ello. Así, mitos como el de que “una persona cae en una secta porque es tonta y/o débil” quedan muy lejos de la realidad y responsabilizan injustamente a los afectados. Se entiende que es el grupo manipulativo el que, a través de sus estrategias, elige a sus víctimas y las atrapa a través de un proceso de captación. Además, si bien una personalidad dependiente o la inmadurez afectiva suponen factores facilitadores en este sentido, la evidencia empírica relaciona la vulnerabilidad a caer en redes sectarias a variables circunstanciales, sobre todo (Rodríguez-Carballeira, 1992).
La vivencia de crisis personales cobra una marcada relevancia en este sentido al corresponderse con períodos de gran inseguridad, soledad y sufrimiento. Cuando se sufre la pérdida de un ser querido o un empleo, por ejemplo, somos más influenciables y fáciles de manipular, pues dedicamos la mayor parte de nuestra energía en recuperar la estabilidad emocional y vital que hemos perdido. En estos momentos, es más probable que recibamos con los brazos abiertos cualquier alternativa que nos ofrezca recuperar dicho equilibrio y accedamos, sin cuestionarnos mucho, a aquello que nos haga sentir mejor. Las víctimas de abuso sectario, como se mencionó en anteriores apartados, tienen necesidades que buscan cubrir y que son identificadas y explotadas por las sectas para su propio beneficio. De un modo similar, aunque no del todo equiparable, el/la abusador/a de pareja selecciona a su víctima por el simple hecho de que se encuentra disponible y se deja seducir (Hirigoyen, 1999).
Dentro de la pareja, como en los grupos coercitivos, la parte abusiva tiene la necesidad imperiosa de sobreponerse sobre su víctima, tomar el control y establecerse como el eje central de la relación. Para ello, necesita contar con el apoyo indiscutible de la misma para poder moldear a su antojo su personalidad y su capacidad crítica. En este punto y como factor de riesgo, merece especial mención el período de adolescencia y juventud, en el que el individuo aún está en la búsqueda de su propia identidad (Rodríguez-Carballeira, 1992). Ante esta falta de consolidación ideológica y personal, las estrategias manipulativas puestas en marcha por la fuente del abuso tienden a calar mejor y a ser más eficaces. Así, el colectivo juvenil y adolescente se corresponde con uno de los más afectados por este abuso (Muñoz-Rivas et al., 2007) y sobre los que más se debe incidir en materia de sensibilización y prevención.
Un aspecto importante que destacar dentro del abuso grupal e intradual, es la introducción de nuevas y mejoradas técnicas por parte del agresor tras percatarse de la influencia lograda sobre la víctima. Cuando ésta obedece y se muestra dependiente, el abusador lo interpreta como una señal de la eficacia de su estrategia destructiva, por lo que siente la motivación necesaria para continuar haciéndolo y dar pasos mayores. En este peligroso punto son frecuentes las agresiones físicas, pues se consideran una manifestación extrema del abuso psicológico en muchos casos (Tolman, 1989).
Como se refleja, el abuso psicológico no sólo genera daños de calibres similares al maltrato físico entre los que destaca el trastorno de estrés postraumático (Cuevas y Perlado, 2011), sino que además funciona como un importante predictor de este tipo de violencia. Esto nos sitúa a los profesionales interesados en el fenómeno del abuso psicológico en la obligación de seguir investigando acerca de las implicaciones de este problema y de intervenir sobre los afectados para que puedan comprender la dinámica violenta de su relación y desprenderse de ella.
La erradicación completa de cualquier problema social sería, por supuesto, lo más deseable desde un punto de vista combativo. No obstante, debemos ser conscientes de que siempre existirán personas narcisistas, carentes de empatía y con una gran capacidad de manipulación (Cuevas y Canto, 2006) y, por ende, redes sectarias a las que todos somos sensibles de caer en un momento dado. Por ello, puede resultar más realista, conveniente y efectivo centrar nuestra batalla en la prevención del abuso psicológico y en el tratamiento de la dependencia emocional que se deriva del mismo. Así, son cada vez son más las campañas que tratan de sensibilizar a la población sobre las diferentes formas de agresión, dando una mayor visibilidad a las manifestaciones más sutiles e igualmente destructivas del maltrato (Browne, 2007).
En este sentido, disponer de información imparcial y fiable sobre la dinámica abusiva en los contextos de referencia resulta imprescindible. Esto implica el desarrollo de programas dirigidos a dotar a las personas de herramientas para identificar y hacer frente a las situaciones de abuso y manipulación psicológica (Cuevas y Canto, 2006). Se trata de prevenir a través de la enseñanza, sobre todo a los más jóvenes, para que sean capaces de identificar cuándo están siendo víctimas de un comportamiento abusivo y de qué manera esto puede repercutir en su calidad de vida. Requiere, entre otras cosas, fomentar el pensamiento crítico, trabajar la autoestima y el desarrollo de habilidades sociales que les permitan responder a la persuasión.
Referencias bibliográficas
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